Tres pisos

En el infierno de la Divina Comedia de Dante los pecadores le piden al poeta que mantenga vivo su recuerdo a través de sus historias; en el purgatorio las aguas de los ríos Leteo y Eunoe prometen olvidar los males y recordar las cosas buenas respectivamente, y en el séptimo cielo del paraíso están los espíritus contemplativos.

Ayer fui al Museo del Banco de la República, en Bogotá. En el primer piso está el espacio El Parqueadero, donde se exhiben los trabajos de los artistas de la región seleccionados por el proyecto curatorial La Cooperativa. La exposición Historias de Pared de Sophie Calle, ocupa el segundo piso y en el tercero la Fundación Mapfre presenta una restrospectiva del fotógrafo suizo Gotthard Schuh (1897-1969)

Primer piso. En primer plano “Voiture Balai” de Manuel Quintero.
La foto es de las pruebas de la obra, que ví ya terminada, pero sirve para ilustrar el carácter vital y casi caótico de este complejo conjunto de obras en proceso. Hay panfletos y fichas técnicas que explican lo que sucede (o no) e incluso algunos artistas están presentes para contar de qué se trata su obra. Hay manifestaciones de inteligencia y seria dedicación por todas partes, y sale uno con la sensación de que salen cosas interesantes de la incesante necesidad de ser recordados, de querer hacer una marca en el mundo.


Segundo piso. Una de las fotos de la obra “Dolor exquisito” de Sophie Calle.
La foto tiene significado porque hace parte de una historia, y su valor estético no tiene nada que ver con la foto misma, reside más bien en ese sello rojo que la identifica como parte de una obra, haciéndola a su vez invisible. Todas las obras de Sophie Calle tienen una especie de ansiedad narrativa, como de verborragia estetizada. Hay palabras por todas partes. Ella quiere olvidar pero no hace sino recordar. Bebe de ambos ríos, como el poeta.

Tercer piso. Todas las fotografías de Gotthard Schuh me recordaron eso que dijo Diane Arbus acerca de que la fotografía es un secreto acerca de otro secreto: entre más nos muestra, menos sabemos.

Esta entrada de blog es acerca de la extraña (pero no nueva) sensación de angustia que me asalta cada vez que veo las buenas intenciones del arte contemporáneo local, la desconfianza que me generan las obras de artistas contemporáneos consagrados cuya aura deslumbra a todos los que quieran dejarse deslumbrar, así me guste mucho lo que vive Sophie Calle, y sobretodo acerca de la profunda nostalgia que me produce la silenciosa fotografía en blanco y negro. Es como si desde su humilde existencia (un instante de tiempo, un fragmento de mundo congelado) me estuviera hablando de las cosas más importantes y esenciales del arte y de la vida. En estos tiempos de instagrams y cámaras en todos los teléfonos, la imagen fotográfica se ha devaluado, sí. Quizás por eso los artistas necesitan las historias, los conceptos ingeniosos y los efectos especiales para devolverle su valor. Pero es como si no estuviera funcionando. Nadie contempla por más de 5 segundos una foto más con filtro envejecedor. A nadie le interesa porque no dice nada, así tenga un texto al lado. Al menos a mí no, perdón.

Volviendo a mi superficial analogía, dice el poeta que en el paraíso están los espíritus contemplativos: no me cabe la menor duda.

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