resonancia sin eco

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Hibiki, de Sankaijuku en el festival de teatro

El problema no es que el montaje sea inquietante, sobrecogedor, tedioso a ratos, impactante o difícil de entender, ni la lentitud, y mucho menos que el lenguaje único de la danza butoh sea tan particular en su simbología y formas, pues todos esos elementos la hacen extraordinaria. La instalación es muy bonita (arena, vidrio, agua) y la presencia y expresividad extra-mundi de los bailarines es un espectáculo visual fascinante.

El problema es la música. Qué música tan horrible!
Empezando por la calidad del sonido. La amplificación del teatro colsubsidio deja mucho que desear -deberían ver cómo suenan los equipos del Jorge Eliécer Gaitán, donados por el mismo archipiélago de donde vienen los pálidos bailarines-, la mala calidad técnica empobrece notoriamente la calidad del sonido y alas, del montaje entero. Pero aparte del detalle técnico, la música sonaba vieja. Una mala vejez noventera que oscila entre una copia de Gubaidulina, Piazzola, NIN, Einstürzende Neubauten a la Kronos quartet y música de película romántica en el momento en que él muere en los brazos de su amada o corren a un encuentro furtivo, el último, en una cámara desesperadamente lenta.

Si no me creen, pueden oír aquí el horror al que me refiero.

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